Afectos silenciosos

Afectos silenciosos

                                                       Por Julián Montesinos

 

 

Muere lentamente quien evita una pasión.

Pablo Neruda

 

 

 

Era un frío día de otoño. Había quedado con mis compañeros de trabajo para visitar la finca Lo Cruz. Hasta llegar allí, atravesamos un campo de almendros y algunos viveros de plantas ornamentales. Mientras Darío se afanaba en no romper los amortiguadores del coche con una conducción que exhibía su habilidad para sortear los baches del camino, Pepe hacía fotos para el reportaje que el director del periódico me había encargado. Nos dirigíamos a Lo Cruz, una casa de campo ilicitana en la que Pedro Salinas solía pasar los veranos. El responsable de que yo estuviera atareada en ese reportaje era Juan Garrigues, el director del periódico en el que trabajaba, pues le apasionaba todo lo concerniente a este escritor de la Generación del 27 y quería que se conociera la predilección de Salinas por esta comarca.

Darío detuvo el coche frente a una puerta de hierro oxidado en cuya parte superior podía leerse, en un letrero descolorido, Lo Cruz. Lo deletreé paladeando cada letra, intrigada por ese lo que oscurecía el significado. Al fondo, rodeada de pinos, se alzaba una casa de dos plantas, con un claro aspecto de abandono. Mientras atravesaba un camino flanqueado de cipreses, mi imaginación regresaba también a este espacio donde Pedro Salinas veraneó algunas semanas acompañado de su mujer, Margarita Bonmatí, y de sus hijos, Soledad y Jaime. Inmediatamente me di cuenta de que todo lo asociaba a determinados aspectos de la biografía de Pedro Salinas, una ingente información que yo había leído con verdadero entusiasmo. Como era habitual, solía documentarme antes de hacer cualquier reportaje, pero a medida que iba recopilando datos sobre la figura de este escritor también me sentía atrapada en un mundo emocionalmente intenso del que era difícil salir indemne.

Cruzamos la puerta lentamente, con la precaución de quien profana un lugar sagrado. El gozne de una ventana chirrió cuando la abrí. La luz tenue de la habitación solo me dejaba ver una mesa cubierta con una sábana. Todo indicaba que allí no habían vivido desde hacía mucho tiempo. Aparte de algunas estancias estivales de los familiares franceses de Margarita, el resto del año la casa permanecía cerrada. Me entretuve mirando los muebles, las lámparas de lágrimas y un portarretrato que había dentro de una vitrina. Cuando lo tuve en mis manos, vi a Pedro Salinas con su mujer debajo de una palmera. Observé con detenimiento cómo Salinas la abrazaba y fantaseé con la posibilidad de que por aquel entonces el poeta pensaba ya en otra mujer. Intuía que Salinas anhelaba regresar a Madrid para escribir extensas cartas a Katherine Whitmore, a quien conoció en la capital durante un curso de verano en 1932. Conforme asimilaba la biografía de este escritor del 27, mayor era mi certeza de que pensar en otra mujer, en otro hombre como era mi caso, suponía sin duda el principio de una complicada dualidad afectiva.

Me entretuve mirando los rasgos del escritor y comprobé lo que desde hacía unas semanas sospechaba: que Pedro Salinas ejercía sobre mí no solo una poderosa atracción intelectual, sino también física. Su imagen en el porche de la casa de campo, con sombrero y traje impecables, confería a la foto un encanto sugerente. Pensaba en cómo Pedro Salinas conoció a Katherine Whitmore, de quien acabó enamorándose y a quien siempre recordó hasta el final de sus días en Boston. Con la fotografía en mis manos, me preguntaba en ese momento (como volvería hacerlo en repetidas ocasiones mientras redactaba el reportaje) qué enigma puede encender la pasión en un hombre maduro hasta darle a su vida un nuevo sentido.

Mientras tecleaba en la redacción del periódico palabras parecidas a las que ahora escribo, alzaba la cabeza sobre la pantalla del ordenador y contemplaba el rostro hermoso de mi compañero Máximo. Y al fin lo entendía todo, comprendía esa pulsión afectiva que me impedía seguir escribiendo. Me bastaba con mirarle para saber que las pasiones son secretas y se alimentan en silencio.

Del exterior me llegaban las voces de Pepe y Darío para que saliera de la casa. Anduve por un camino que daba acceso a un bancal abandonado, donde descubrí unos granados en sazón. Mientras caminaba, me venía el recuerdo de las cartas que Salinas le enviaba a su mujer, Margarita Bonmatí, en las que echaba de menos esta tierra que ahora yo pisaba, y en las que decía: “Todo el mundo lleva en lo más secreto de sí una afinidad misteriosa con un determinado paisaje. El mío es lo de Alicante, te lo confieso (…). Ojalá podamos tú y yo, como entonces, subir de nuevo a la sierra, a ver ese mar, a sentarnos callados a mirarlo”. Tuve que dejar para otro momento, inmersa en la contemplación de los árboles que me rodeaban, mis reflexiones acerca de la alegría que Salinas alimentaba en su interior con tan solo esperar una nueva carta de Margarita o de Katherine. Supe, como consecuencia de la documentación que había ido asimilando, que el latido amoroso que subyace en sus mejores obras, La voz a ti debida, Razón de amor y Largo lamento, tiene su origen en el amor que vivieron Salinas y Katherine. Ahora cobraban sentido estos versos leídos al azar y que tanto me gustaban: “¿Serás, amor, / un largo adiós que no se acaba? / Vivir, desde el principio, es separarse”.

Un trueno anunció la lluvia, que con fuerza empezó a caer mientras corríamos hacia el coche con la intención de dar por finalizada nuestra visita. De regreso, en mi cabeza bullían ideas, algunas de las cuales comenté a mis compañeros. No compartían mi idea de que entre un hombre y una mujer pueda existir la amistad más noble, sin que haya atisbo alguno de pasión sexual. Estaba convencida de que la relación de Katherine y Salinas se alimentaba mayormente de la mutua alegría por haber coincidido en un  momento feliz.

Tenía toda la tarde para redactar con calma mi reportaje. Ordené mis anotaciones. Recordé que había leído en el libro de Enric Bou, Cartas a Katherine Whitmore, que Salinas quedó prendado de su alumna desde el primer día en que la vio, y que a partir de ese momento todo fue un afecto sin límites que alimentó entre ellos una extensa comunicación epistolar, más abundante ante la inminencia de la guerra civil. Ya en el exilio, continuaba el poeta su peculiar condición de escritor viajero, interrumpida poco antes de morir en Boston el 4 de diciembre de 1951.

Todavía no había decidido el enfoque que iba a darle a mi trabajo, y preferí esperar a ver el material gráfico para decantarme en uno u otro sentido. Mientras llegaban las fotos, recordé la relación matrimonial que Antonio Machado mantuvo con la jovencísima Leonor, en la Segovia de principios del siglo XX. Como debía empezar la redacción de mi reportaje, deseché ese pensamiento escasamente original que abundaba en lo ya sabido: que el amor, ese ímpetu vital que todo lo mueve, desconoce los resortes de la razón.

El libro de Enric Bou recogía fehacientemente todas las cartas de Pedro Salinas y ponía de relieve que esa intensa relación acabó estacándose porque Katherine la veía inviable y al fin decidió casarse en 1939 con otro hombre para gozar de una vida plácida allende el Atlántico. Mucho antes de esa decisión y durante una breve estancia en Lo Cruz, el poeta añora profundamente a Katherine, siente que la rutina de ese retiro rural le va a privar de su risa, desea regresar pronto a Madrid y encontrar cualquier pretexto para desplazarse a Boston. Me sorprendía la determinación del poeta de abandonar España y compartir sus días con Katherine, a sabiendas de que esta relación carecía de futuro. Y sumida en estos pensamientos, volvían a mí los poemas leídos: “¡Si me llamaras, sí, / si me llamaras! / Lo dejaría todo, / todo lo tiraría: / los precios, los catálogos, / el azul del océano en los mapas, / los días y sus noches, / los telegramas viejos / y un amor. / Tú, que no eres mi amor, / ¡si me llamaras!”.  Anoté estos versos, convencida de que Pedro Salinas quería disfrutar de esa nueva oportunidad que la vida le brindaba. En ese momento, alcé la vista de mi ordenador y observé atareado a Máximo, un hombre bueno y soltero, que entendía el periodismo como una profesión que no se aviene con los compromisos afectivos. Mas de inmediato, retomé el reportaje: escribiría algo parecido a un cuento que hablase del momento en que, acompañado por Pepe y Darío, nos dirigimos a Lo Cruz. Sí, lo contaría todo cronológicamente, tal y como había transcurrido el día. Decidido el enfoque, recordaba las cartas de Katherine y Salinas, esas 151 cartas de amor que en el fondo no contenían material escabroso, sino más bien la intensidad de un sentimiento expresado con elegancia.

Tenía claro que Lo Cruz fue un lugar secundario en la vida del poeta, un espacio donde volver cada verano con Margarita Bonmatí, a quien conoció en la villa marinera de Santa Pola el 27 de julio de 1911. Era consciente de que nunca antes la documentación utilizada para un reportaje me había servido personalmente tanto como la recopilada sobre la fugaz presencia de Pedro Salinas en esta comarca. La lectura había sido atenta por mi deseo de subrayar todos los fragmentos que pudieran servirme, porque de alguna manera reflejaban  mi propia experiencia. Sin darme cuenta, había interiorizado el contenido del libro de Enric Bou e iba descubriendo que en mi vida también existían dos amores.

En casa, Álex se las ingeniaba para que mi vida matrimonial no se deteriorara, mientras que en el periódico Máximo se había convertido en una alegría generosa. Y yo deseaba que estos dos mundos tuvieran alguna intersección, por pequeña que fuera. Saber que ocasionalmente disfrutaba de alguna comida con Máximo y de sus esporádicas confidencias me hacía feliz. Y esta felicidad se veía ahora amenazada desde el momento en que supe que él cambiaría pronto de trabajo. En verdad, admirar a Máximo, llegar a quererle dulcemente, no me provocaba ningún remordimiento: Máximo simbolizaba el valor de la amistad, el afecto sincero, la alegría de compartir el presente, una afinidad espiritual a la que no quería renunciar. Por eso, sentía como propias muchas de las ideas que Salinas le transmitía a Katherine. Qué podía hacer yo sino verme retratada en textos como este: “Me querías con la mirada. No podías quererme con otra cosa”.

La tarde iba avanzando y el tiempo no se detenía como yo hubiera deseado. Era consciente de que estaba rebasando el instante en el que dejaría de escribir con tranquilidad para verme sometida a esa tensión que, por otra parte, tan buenos resultados me había proporcionado en mi carrera periodística. Siempre he creído que escribir contra el tiempo imprime intensidad a un texto. Seguí leyendo y al poco me detuve en una declaración de Pedro Salinas, en la que acepta la existencia de un nuevo amor: “Ya nadie me podrá quitar esta cosa tan grande en la vida: haber encontrado un alma así, y que me haya querido y que me quiera”.

Aparté mis anotaciones y tracé el esquema que iba a dar al reportaje. Sentía una ligera turbación emocional, estaba a punto de llorar, pensaba en Álex y en su comprensión (“No sufras, Aramar, que todo irá bien”), miré a Máximo que hablaba por teléfono, seleccioné el tamaño de la letra del titular de mi reportaje y escribí: Pedro Salinas visita Lo Cruz. Escribí de un tirón haciendo un esfuerzo para no introducir aspectos sentimentales que demorasen la acción de los hechos. Aunque dudé, al fin descarté escribir esa frase que Salinas le dijo a Katherine con la intención de tranquilizarla: “Lo que a ti te doy, Katherine, a nadie se lo quito”. Concluido mi escrito, tenía la impresión de haber salido de una turbulencia tras compartir los mismos sentimientos que Salinas, aunque él tuvo la valentía de amar lo que la vida le ofrecía.

Juan Garrigues leyó el reportaje y a los diez minutos salió de su despacho para felicitarme públicamente, una muestra inusual de afecto que reflejaba su agradecimiento por el trabajo que había realizado. Cuando me senté frente al ordenador, Máximo me felicitó y me dijo que a las doce de la noche debía estar en el aeropuerto para coger un vuelo con destino a Costa Rica. Me seguían sorprendiendo las coincidencias entre Salinas y Katherine, y Máximo y yo misma, aunque me dolía la posibilidad de un último paralelismo: que Máximo no regresara nunca y que sus correos se fueran espaciando con el tiempo hasta formar parte del olvido. Aunque sabía que era inminente su viaje, me entristeció enterarme en ese momento del destino, sin habernos despedido como a mí me hubiera gustado, compartiendo una comida, riéndonos con esos comentarios que derrochaba y que nunca más volvería a escuchar.  Antes de irse, Máximo me dio un abrazo que conservé todo el trayecto de regreso a mi casa, mientras pensaba en los afectos, en Salinas y Katherine, en la gratitud de Juan Garrigues y en tantas cosas que no sabía cómo ordenar en mi cabeza.

Miré a mi marido mientras cenábamos frente al televisor (sus gafas apoyadas en la punta de la nariz para ver bien las imágenes, su barba de dos días, una suave tensión en los labios que de inmediato se abrían para comentar cualquier noticia), y me sentí confusa y vencida por una felicidad monótona. Observé el reloj digital de la televisión y pensé que Máximo en ese instante estaría volando a Costa Rica para hacerse cargo de una empresa de noticias con sede en San José. E intuí, como Salinas, que los afectos son esas batallas silenciosas que se libran en nuestra más estricta intimidad.