No con mi nombre

NO CON MI NOMBRE

          Coger el antiguo y destartalado transporte, la subida atropellada, empujones y al fin, la subida  a la planta superior. Los impedimentos no permitían la bajada, tal vez la seguridad que desprendía el saberme que estaba desde siempre, me hacía creer que era arrogante.

Al fin, bajé en mi parada, entre bultos conseguí bajar. El viejo autobús había desembocado en una playa y país del Trópico, mi lugar de procedencia. En mi ausencia habían acampado unas personas haciendo uso de mi nombre. Me indigné, por muy hermano mayor mío que dijera ser ante los moradores del lugar. La verdad era que se crecía ante sus verdaderos hermanos y amigos anulando el recuerdo, la existencia de la que se beneficiaba.

Hasta que decidí cortar con la situación y dije:

-El lugar es mío y aquel que se lo tomó como propio sin serlo, ¡váyase con viento fresco!

No lo vi, siempre se escondía. Los demás daban la cara por él, siempre lo había hecho. He vuelto, -repetí, ¡fuera usurpadores de mi paraíso!

Bajé a evacuar todos los residuos pasados, algún que otro hijo del lugar se ponía tenso, podía hacer lo mismo pero la bajada era profunda. Tan solo cuando la luz alumbró el pozo interior se atrevió a bajar a buscarme, me alegré por él, gracias a ello sus pequeñas ideas tomaron fuerza, crecieron. Fue principio de un camino soñado, vegetación tropical, y como base, en vez de la tierra que debía crecer, las matas que contemplaba, una manta de agua pura, cristalina, el fondo, arena blanca.

Mi pequeña hermana me acompañaba, se sentía feliz, me miraba, preguntaba lo relacionado con el lugar, al principio con temor, después con alegría. Empezamos a ver peces, me preguntaba las especies. De pronto, un pez oscuro  pasó por nuestro lado. Es un mero, le dije, no temas estoy contigo. Cuando vuelva otra vez mi maestro de pesca, se lo diré y lo cogeremos.

Cuando este se enteró quiso salir a cogerlo pero no le contesté. Cuando me preguntó el sitio exacto y no se lo dije, enfadado, me dijo: -He cogido uno. Volví a callar. -Este lo cogeremos juntas o nada, -pensé.

Seguimos andando, ¡hermana!, escuché un grito. Semienterrada una especie de langosta plana que más bien parecía un cangrejo rojo gigante. No  l toques, te puede morder, -le dije.

Tomé una gran bolsa blanca, lo metí, aunque parte de él sobresalía. Nos lo comeremos juntas, -le comenté.

Volvió la alegría, la felicidad a su mirada. -Estoy contenta de tu vuelta, -me susurró.

Yo también de recuperarte, no más palabras.

Disfrutamos del oasis, mi paraíso, con aquellos que ambas amábamos.