De Hacer consciente al que pena

El equilibrio, el temple, llega cuando intentamos poner bien aquello que creemos que está mal, en nosotros o en quien nos lo pida, sin olvidar que eso es organización divina dentro y fuera de nosotros. Pero, primero, tu alma, tu espíritu.

Todo el agua que calme la sed repartiremos por el mundo y en algún lugar, en algún momento, quien menos nos esperemos se sentirá saciado, puede que nos enteremos o puede que no, pero en nuestros momentos bajos, sentiremos un dulzor interno que nos envolverá desde algún rincón del mundo. Con las nuevas tecnologías tenemos una buena carretera, llévalas donde tu corazón te sienta.

Los sentimientos que sintamos llegarán a cualquier rincón del planeta y estos nos volverán como equipaje para la eternidad. Tenemos todo el día para enviar el nuestro, no importa a quién, pero si es para quienes no consideramos, cuenta más.

¿Quién se atreve a ser la puerta?

Un nuevo audio para escuchar y disfrutar el poema «¿Quién se atreve a ser la puerta?» en la voz de la propia poetisa acompañada por Vicente A. Dólera. Uno de los más emblemáticos de la producción poética de carmen Montero Medina y que forma parte del recopilatorio «Poemas al viento».

 

Microcuentos y frases

  1. ¿A dónde irán todos los trozos de mí que solo son contigo, cuando dejemos de ser nosotros?

 

  1. Amar debería ser algo así como mirar a tu alrededor y descubrir que el mundo es un lugar maravilloso en el que vivir

 

  1. Quizá no haga falta recordarte lo que pudo ser.

 

  1. He tropezado tantas veces con tus “quizás” que se me han caído todas las ganas de los bolsillos.

 

  1. Se la mujer de la que puedan sentirse orgullosas las siguientes generaciones

 

  1. Me avergüenza tener que salir a las calles a pedir unos derechos que nos corresponden solo por el hecho de haber nacido

 

  1. Si no es contigo, prefiero no bailar.

 

  1. Contigo, cada parpadeo es una forma de perder el tiempo

 

  1. Dice Patricia Palombi que, aunque consigas amar a un monstruo y que él te ame de vuelta, jamás podrás cambiar su naturaleza. Yo le pregunto qué puedo hacer cuando el monstruo, soy yo.

 

  1. Intenté ahogar mis penas, y terminé ahogándome yo.

 

Fuensanta Ruiz-Erans Aupí

Más vale vivir la vida

Más vale vivir la vida

dando que hablar a los seres,

que pasar solo por ella

seco, como los laureles.

Es mejor poner el alma

en cualquier acto que toques,

que dejar pasar la vida

mientras se censura al noble.

Más vale, con luz divina,

ver errores y cambiar,

que la oscuridad te exija

una muerte en la verdad.

Es mejor cansancio humano

viviendo tras tu quimera,

que un letargo demostrando

error de quien vive en ella.

Muerte y vida son dos puertas,

invertidas ante el ateo,

una es, muerte en la vida,

otra, hacer en la Tierra el cielo.

Más vale, aunque te equivoques,

hacer lo que te dicta el alma,

que sufrir los sinsabores

culpando a otros de tus llagas.

En aquel que se equivoca

debemos quitar dolor,

tal vez lo fuerzan a que sea

espejo de nuestro error.

En la luz de la mañana

debemos aprovechar,

la visión, unida a la fuerza

que en la noche dormirá.

En el día ser cometa

en manos de su Creador,

ser libre mientras planea

cumpliendo con su misión.

Pues mas vale un minuto en vida

que mil vidas en la muerte

y quitar mil apatías

antes de llorar por verte.

Creyendo que somos mejor

Tanto pedimos al cielo

que ilumine nuestros pasos,

que olvidamos, al tenerlo,

llorando por otro hallado.

Primero queremos vida

y que nos amen corazones,

exigiendo en la apatía

dominar otras razones.

Aquel  que ganó culpando

siempre tendrá una razón

para herir sueños y pasos

creyendo hacerlo mejor.

No pretender culpa ajena

para imponer nuestros actos,

nos trae la vida plena

y convivencia de pasos.

Dormir tirano interior,

usurpador de verdad,

es no imponer con dolor

lo que nos pudo salvar.

Una, dos, mil o más veces

en sus actos nos veremos,

repetiremos así haceres

hasta entender nuestros hechos.

Tanto se pide a la vida,

creyendo que somos mejores,

que el caos, tras la apatía,

besa nuestros corazones.

Tanto se le echa culpa

a aquél que ha errado en sus actos,

que la saña no ve nunca

que deseó ese calvario.

Por más verdad que creamos

que lleven nuestros movimientos,

se transformarán en violencia

si no aceptamos los hechos.

    Espejos de nuestra esencia

La sociedad no está perdida

Hoy cuando la elementalidad cree ganar o haber ganado. Hoy amanece, está el fuego rojizo de una luz que bulle por manifestarse como vol­cán en erupción. Atrás quedan los gritos elementales, la oscu­ridad de las demostraciones queriendo imponer la irrealidad de mentes con ansia de posesión e imposición.

La ternura, la limpieza de sentimientos, se aletargaron en el afán de prevalecer como sea por encima de todo como aceite sobre agua. A la elementalidad no le importa si en su excita­ción vehemente por demostrar, araña almas de verdad absoluta.

El elemento, pasadas sus eufóricas embesti­das, necesitará de dichas almas un aliento de aire que le ayudará a disfrutar un cielo del que dudará aunque se lo entreguen.                              .

Los medios de comunicación transmiten a la sociedad, o viceversa, unos comportamientos que hacen creer que todo vale. Los humanos que buscan una convivencia con valores se dis­traen defendiéndose o esquivando el fuego cru­zado hasta llegar a su barricada, su escudo, hasta llegar a comprender.

No importan los actos, palabras o pensa­mientos ajenos, estos son balas de fogueo que no harán herida si nuestro interior no disparó. También nos  prueban   para  ver  si  deseamos lo que queremos.  El dolor  nos  hará  crear  en la mente o en físico la agresividad que sin ser consciente llegará a quien creemos lo merece y puede ser, incluso, a seres que queremos pero para cuando ellos lloren habremos olvidado que abrimos la puerta que otros elementos cruzaron para herirlos.

La sociedad no está perdida, es un lugar donde nos han puesto para evolucionar cada uno donde necesita. Podríamos haber tenido una vida mejor, pero también peor, incluidas razas o países donde nuestras pruebas seguirían siendo las mismas.

Somos los humanos los que debemos aceptar y aceptarnos y entregar al mundo lo que de él es­peramos y todos podemos todo, pero cada cual en su limite aunque solo fuera pensando.

El paraíso lo crea quien lo  obtiene hacien­do participe a quien lo rodea, en ocasiones, con solo una sonrisa. Todo lo demás que impide transmitir ilusio­nes y sonrisas, aunque sean enfermedades, es humo que se vierte sobre la verdadera verdad para no aceptar que somos una partícula del Creador al que negamos a través de nuestras im­puestas limitaciones.

Que no nos distraigan los «no puedo», ¡pue­des!, solo has de ser tú mismo.

Extraído de Pensamientos líricos

Al olor del pan

Pilar Valdés Belén, nació en la Habana, Cuba.Se graduó en Pedagogía por la universidad de Hertzen, Leningrado,Rusia obteniendo el grado científico de Master of Arts en Educación, especialista en Tiflopedagogia. Después de siete años regreso a su país de origen donde continuaría sus estudios de literatura critica y literatura rusa. Trabajaría un tiempo prolongado como profesora donde escribiría sus primeros borradores que se incrementaran cuando viaja a España donde reside largas temporadas en Cataluña y Almeria. De su experiencia en los países vividos y años de trabajo Pilar Valdés escribió su primera novela, Al OLOR DEL PAN.

 

 

CAPÍTULO I

 

No creo en la suerte, ni en las casualidades, ni en el amor. Sabía que las leería alguna otra voz, pero no sabía cuándo…

Octubre. 1936

Desde aquí viene a mi mente el recuerdo de cuando te vi por primera vez, un 12 de octubre. Th sonrisa me hizo girarme. ahí estabas tú, revoloteando y alborotando todo a tu alrededor, llovía a cántaros, aunque tratabas de cubrirte con un papel de periódico, las gotas de agua caían sobre tus trenzas. Enloquecí, mi corazón se paró, bajé mi paraguas sin darme cuenta, no dejé de mirarte fijamente. Reaccioné cuando ya corríamos todos para meternos debajo del techo de la panadería. Estábamos empapados… Pienso en ti siempre, al levantarme, al acostarme, en mis batallas y hasta en mis sueños…

—¿Qué lees? —preguntó Ariadna, sorprendida al no entender qué leía su prima Rachel. La miró fijamente esperando una res­puesta. pero esta en ningún momento levantó la vista del folio. Se inclinó bruscamente, mientras se dirigía a la sección donde se encontraban todos los libros de Cortázar, deslizó lentamente sus finos dedos hasta que se pararon en seco y sacaron Rayuela. Había desarrollado el gusto por la lectura gracias a su tía Paca, que de niña rebuscaba en los anticuarios libros con la cubierta de piel, el negro o el rojo, hasta encontrar cl que no había leído. Cada mes lo hacía; buscaba un libro para leer, aunque fuera de caballería. No recordaba las veces que se había prometido que de mayor tendría una biblioteca igual de grande, atesoraba nove­cientos veintidós libros, heredados del abuelo Antonio. Lo que más le gustaba, sin duda, eran los libros de poesía pequeños, con sus hojas sueltas, amarillentas, con ese olor a vainilla y la cubierta marcada con letras de tinta negra.

–Son cartas, «de  los tiempos de antes» contestó Rache! distraídamente, aunque alguna vez la llamábamos Raquel y no le gustaba.

-¿De quién? -curioseó moviendo la nariz y estornudando

a la vez Ariadna.

Parece  que  son  de  un  tal  José,  a  la tía  Paca  – respondió desempolvando las otras cartas.

Ariadna dejó en su sitio el libro que tenía entre las manos, se

acercó a su prima t ras el traspié con la máquina de coser Singer que servía de mesa a la máquina de escribir y finalmente se sentó silenciosamente a su lado, observando cómo Rache! se encontra­ba completamente envuelta en la lectura de aquel pequeño teso­ro. Habían encontrado las cartas en el diario de recetas, ese que tantos años había tardado en escribir el abuelo Antonio, donde escondía los secretos para un buen amasado del pan. Envueltas en un pañuelo blanco, casi amarillento por el transcurso de los años, amarradas con un cordel de saco.

-¿Las has leído? No son para ti-le recriminó Ariadna.

-Solo un trozo, voy a llevárselas a la tía Paca porque no creo que sepa que están aquí. ¿Y ese José? No he oído hablar de él nunca. Al salir, cerraron la puerta haciendo estremecer los libros que reposaban amontonados en la mesa de la entrada, cerca de la chimenea donde me acurrucaba con la manta en el sillón los días de frío para terminar las últimas hojas del libro Crimen y castigo en compañía de mi lámpara redonda.

Caminaron ágilmente por el ancho pasillo escuchando el bu­llicio de sus primos peleándose, seguramente por el fútbol.

 

¿DÓNDE FUE A BEBER LA CULPA?

 

¿Dónde fue a beber la culpa

que nunca calmó su sed

y un rosario de disculpas

formó nana para el ser?

¿Dónde abona sus raíces

esclavitud de amenazas

y humanos libres se sirven

los grilletes de sus almas?

¿En qué taller se ha creado

capote que baila al viento,

ocultando a los tiranos

sentimientos indefensos?

De Espejos de nuestra esencia