Al olor del pan

Pilar Valdés Belén, nació en la Habana, Cuba.Se graduó en Pedagogía por la universidad de Hertzen, Leningrado,Rusia obteniendo el grado científico de Master of Arts en Educación, especialista en Tiflopedagogia. Después de siete años regreso a su país de origen donde continuaría sus estudios de literatura critica y literatura rusa. Trabajaría un tiempo prolongado como profesora donde escribiría sus primeros borradores que se incrementaran cuando viaja a España donde reside largas temporadas en Cataluña y Almeria. De su experiencia en los países vividos y años de trabajo Pilar Valdés escribió su primera novela, Al OLOR DEL PAN.

 

 

CAPÍTULO I

 

No creo en la suerte, ni en las casualidades, ni en el amor. Sabía que las leería alguna otra voz, pero no sabía cuándo…

Octubre. 1936

Desde aquí viene a mi mente el recuerdo de cuando te vi por primera vez, un 12 de octubre. Th sonrisa me hizo girarme. ahí estabas tú, revoloteando y alborotando todo a tu alrededor, llovía a cántaros, aunque tratabas de cubrirte con un papel de periódico, las gotas de agua caían sobre tus trenzas. Enloquecí, mi corazón se paró, bajé mi paraguas sin darme cuenta, no dejé de mirarte fijamente. Reaccioné cuando ya corríamos todos para meternos debajo del techo de la panadería. Estábamos empapados… Pienso en ti siempre, al levantarme, al acostarme, en mis batallas y hasta en mis sueños…

—¿Qué lees? —preguntó Ariadna, sorprendida al no entender qué leía su prima Rachel. La miró fijamente esperando una res­puesta. pero esta en ningún momento levantó la vista del folio. Se inclinó bruscamente, mientras se dirigía a la sección donde se encontraban todos los libros de Cortázar, deslizó lentamente sus finos dedos hasta que se pararon en seco y sacaron Rayuela. Había desarrollado el gusto por la lectura gracias a su tía Paca, que de niña rebuscaba en los anticuarios libros con la cubierta de piel, el negro o el rojo, hasta encontrar cl que no había leído. Cada mes lo hacía; buscaba un libro para leer, aunque fuera de caballería. No recordaba las veces que se había prometido que de mayor tendría una biblioteca igual de grande, atesoraba nove­cientos veintidós libros, heredados del abuelo Antonio. Lo que más le gustaba, sin duda, eran los libros de poesía pequeños, con sus hojas sueltas, amarillentas, con ese olor a vainilla y la cubierta marcada con letras de tinta negra.

–Son cartas, «de  los tiempos de antes» contestó Rache! distraídamente, aunque alguna vez la llamábamos Raquel y no le gustaba.

-¿De quién? -curioseó moviendo la nariz y estornudando

a la vez Ariadna.

Parece  que  son  de  un  tal  José,  a  la tía  Paca  – respondió desempolvando las otras cartas.

Ariadna dejó en su sitio el libro que tenía entre las manos, se

acercó a su prima t ras el traspié con la máquina de coser Singer que servía de mesa a la máquina de escribir y finalmente se sentó silenciosamente a su lado, observando cómo Rache! se encontra­ba completamente envuelta en la lectura de aquel pequeño teso­ro. Habían encontrado las cartas en el diario de recetas, ese que tantos años había tardado en escribir el abuelo Antonio, donde escondía los secretos para un buen amasado del pan. Envueltas en un pañuelo blanco, casi amarillento por el transcurso de los años, amarradas con un cordel de saco.

-¿Las has leído? No son para ti-le recriminó Ariadna.

-Solo un trozo, voy a llevárselas a la tía Paca porque no creo que sepa que están aquí. ¿Y ese José? No he oído hablar de él nunca. Al salir, cerraron la puerta haciendo estremecer los libros que reposaban amontonados en la mesa de la entrada, cerca de la chimenea donde me acurrucaba con la manta en el sillón los días de frío para terminar las últimas hojas del libro Crimen y castigo en compañía de mi lámpara redonda.

Caminaron ágilmente por el ancho pasillo escuchando el bu­llicio de sus primos peleándose, seguramente por el fútbol.